La procesión de la Virgen de la Soledad, escoltada por jóvenes cofrades con peineta, desafió al cielo y al silencio, mientras las saetas rompían la noche como plegarias cantadas
Las predicciones meteorológicas no eran alentadoras: se esperaban chubascos durante toda la jornada, e incluso llegó a caer granizo en algún momento de la tarde. Sin embargo, parecía que el cielo ofrecía una tregua. Minutos antes de la salida de la procesión de La Soledad, de la cofradía de la Vera Cruz, las nubes parecían abrirse, como si el cielo dudara entre llorar o guardar silencio.
Pero fue sólo un espejismo. A las nueve de la noche, hora prevista para la salida, la lluvia reapareció con timidez, intentando frustrar el recogido cortejo.
La decisión del presidente de la Vera Cruz, Roberto Manini, fue firme: “Vamos a esperar a que deje de llover y saldremos”. Y así ocurrió. Pasadas las 21:20 horas, las puertas de la iglesia de San Juan se abrieron y, con ellas, la esperanza. La procesión de La Soledad iniciaba su camino.
Las nubes aún se cernían sobre Béjar, pesadas, inciertas, como si dudaran si cubrir o descubrir a la Madre que camina sola. Tal vez en señal de respeto a quien vio morir a su Hijo en la cruz, la lluvia se detuvo, y la procesión pudo completar su recorrido habitual.
Las calles del centro de la ciudad se convirtieron en escenario de fe y belleza. La Soledad fue escoltada por jóvenes cofrades, vestidas de riguroso negro y con la peineta elevando su silueta. Caminaban con los cirios encendidos entre las manos, uniendo juventud y solemnidad en una estampa que hablaba de tradición y futuro.
El cortejo estuvo presidido por el párroco de San Juan, Roberto Hernández, acompañado por mujeres de la junta directiva de la cofradía. En representación del Ayuntamiento, solo asistió la concejala de Cultura y primer teniente de alcalde, Puri Pozo. También acudió a la llama la aguedesa Laura Sánchez.
El silencio solemne de la noche se quebró cuando la voz de Rufina Rodríguez se alzó, pura y desgarrada, cantando saetas a la Virgen desde la plaza del Teatro Cervantes y la Puerta de Ávila. Su cante, nacido del alma, se elevó como plegaria y estremeció corazones.
Como novedad, la Virgen estrenaba este año una nueva candelería, donada generosamente por la cofradía de la Santa Vera Cruz de Salamanca, un gesto de hermandad entre ciudades unidas por la devoción.
La Banda de Música, por su parte, puso banda sonora al recogimiento, interpretando, entre otras piezas, la nueva marcha procesional estrenada el Domingo de Ramos, que resonó en las calles como un suspiro entre notas.














































